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  • Paisaje y arquitectura – 2006

    Exposición individual en el Centro de Fotografía del Cabildo Insular de Tenerife. Año 2006.

    El orden, la escala, el volumen, las líneas rectas y su disposición en el ambiente natural nos hacen sentir tensión, incomodidad o equilibrio al recorrer o contemplar un paisaje, al callejear por la ciudad o los espacios interiores de un edificio. Esta tensión o equilibrio emocional es lo que intenta sugerir o provocar esta muestra personal de paisajes industriales, urbanos, de áridos y arquitectura, a veces inventada…

    “Juguetes del mar”, “Balcón del cielo”, Juguetes del viento”, “Espigas de la tierra” son algunos de los títulos de las imágenes que componen la primera serie fotográfica, que nace, desde hace tres años, del encuentro entre la belleza efímera y la actuación del hombre, de una búsqueda casi obsesiva donde no se espera encontrar, donde presumen, casi imposible su existencia. Y es allí, sólo allí, en aquellos rincones y de una manera casi mágica, irrepetible, donde surge ese equilibrio o en ocasiones, esa tensión, esa fina proporción, entre el paisaje y la arquitectura.

    Sin perder su única y auténtica realidad, como diques flotantes en el océano, tubos de canalización montaña abajo, contenedores, cables de acero suspendidos en el vacío, aislados, frente a la soledad, perdidos en espacios sin tiempo, huecos... A lo lejos, prudente, se incorpora la nota visual de lo que será un concierto de colores, cautiva la poesía de la luz y es que todo, recobra vida…

     

    PROLOGO CATÁLOGO - FERMÍN GARCÍA MORALES

    JUGAR EN LUGAR DE

    Todos podemos sufrir o disfrutar la realidad, pero rara vez podemos hacer nada con ella, mientras que el fotógrafo sí puede, porque su labor es la de transformar la realidad en sentido, aunque ese sentido sea imaginario, es decir, puede convertirla en belleza, en poesía, y esa poética o ese sentido son su seña de identidad.

    Más allá de la técnica, hay que saber descifrar la poesía contenida en el ejercicio de mirar. El lugar de la poesía en una imagen es ineluctable. Podemos hallarlo en un rincón doméstico bañado por una luz oportuna o en la composición que nuestro subconsciente construye de un paisaje. En un rostro y su expresión o en una naturaleza muerta. Como hacedor de imágenes, José Ramón Oller, ha conseguido recorrer ya gran parte de este camino. Aún recuerdo nuestros primeros encuentros, tímidos, en los que nos comunicábamos a través de fotografías, preparando algunos concursos, como el ya desaparecido Arquitectura y Fotografía, en el año 2001. Quizás ese título, de aquel certamen, sea su equipaje básico a la hora de definirlo. Pero no, sería injusto. Pasa a menudo con los fotógrafos que se dedican a fotografiar arquitectura. Algunos críticos, osados ellos, pueden llegar a simplificar que tan sólo eso saben hacer. Al ver la nueva serie de fotografías que Joserra nos propone en esta exposición aparecen modos de mirar que insinúan su amplia cultura de imágenes. Al atravesar el espejo de su cámara nos refleja un nuevo mundo imaginario que nos incita a jugar, a transformar lo que vemos, lo que él ha visto e imaginado. José Ramón nos convierte en cómplices de su gusto por la exquisita composición. Podemos llegar a creer que es capaz de mover dados de hormigón en el mar para simular un piano de olas, o con un simple dedo hacer de los huesos de un molino de viento un gran calidoscopio del paisaje.

    Se me ocurren, al contemplar sus imágenes, diversas referencias que chisporrotean en la memoria de manera acelerada y tangencial, como en un tiovivo de feria. Giorgio Morandi al crear esos intervalos, que inspiran silencio, entre las teclas marinas de hormigón. También giran Donald Judd y Nancy Holt con esa áurea minimalista del landart. El órgano del cielo es digno de los inventarios de los Becher y también acercamientos a las distintas etapas del Harry Callahan más austero.También hay miradas que puedan parecer más contemporáneas como las dedicadas a descifrar nuevas ciudades de ficción entre instalaciones industriales, ruinas o nuevas arquitecturas que se enfrentan o equilibran con el paisaje que las rodea. En estas imágenes José Ramón adopta otro punto de mira y quizás refiriéndome al carrusel antes mencionado haga girar la nueva escuela alemana de Thomas Struth, Candida Hoffer, Andreas Gursky o Thomas Ruff. José Ramón Oller ha conseguido reunir para esta exposición una nueva mirada dentro de su obra, una sensible reflexión acerca del paisaje, combinando los distintos elementos que su ojo va encontrando, generando una compleja asociación que a nuestros ojos resulta clara, limpia, poética. Una sencillez conquistada que nos invita a intensificar nuestra atención a todo lo que nos rodea y a ejercitar nuestra capacidad de contemplar en silencio el silencio."

    Fermín García Morales

     

    PRÓLOGO CATÁLOGO - VIRGILIO GUTIÉRREZ

    Hace unas cuantas semanas José Ramón Oller, desde siempre para nosotros Jose, me sorprendió con su invitación a prologar el catálogo de su exposición: ‘Paisaje y Arquitectura‘. Aquello me agradó enormemente y, sin pensar en el rápido paso del tiempo y en lo apretado del espacio para atender tanta responsabilidad, o mejor dicho tanta buena, o mala, voluntad, acepté agradecido, ya preocupado con el riesgo de incumplir en el intento.

    Pasadas, casi, esas cuantas semanas, Jose, inquieto por tanto silencio, sutilmente me recordó - mediante un amable correo, de los llamados ‘electrónicos’, que se envían en la confianza que serán leídos, y que muchas veces sólo sirven para justificar el ‘yo te avisé’ - la proximidad de la fecha prevista para la entrega en la imprenta del texto comprometido.

    Supongo que, como gancho para empujarme en la ‘ardua tarea’, adjuntó parte de las imágenes de su exposición, donde ‘trata de hablar de la tensión que existe entre el paisaje y la arquitectura...”

    Y desde esa posición repetitiva e insistente en la que me muevo, aprovecho, por pragmatismo y porqué no, también por comodidad, algo ya utilizado para explicar o introducir un sentir:

    “Sin duda es el paisaje que nos rodea en la isla la causa que nos incentiva para procurar una mejor construcción de los lugares.”

    A fin de aclarar pareceres, cuando hablo de paisaje lo hago desde la simple definición que hace el diccionario de la lengua: “extensión de terreno visto desde un lugar determinado”.

    En unas islas pequeñas y apretadas ( geográficamente ’centrales’, nunca periféricas), situadas en una posición estratégica privilegiada, con un crecimiento poblacional progresivo, con una presión urbanística preocupante, con la necesidad de acoger y de atender la imparable movilidad migratoria y de repensar el espacio público ante la enorme y la rica diversidad cultural que ello conlleva, con la responsabilidad de preservar los excepcionales espacios naturales protegidos ) llenas de arquitecturas e infraestructuras insensibles con los sitios, el paisaje, entendido desde la descripción anterior, resulta algo vital, por encima de cualquier otra consideración disciplinar y erudita.

    En cualquier sitio, pero con muchísima más repercusión en los pequeños, cuando miras hacia cualquier lado, la arquitectura es la ciudad y la ciudad es el territorio. Es ese paisaje que continuamente te acompaña, donde el desorden, el descuido, la indiferencia, la pérdida del carácter de los lugares, hace triste el paseo insular.

    Ese desasosiego, sin embargo, se aprehende como razón, incentivo, oportunidad, compromiso, excusa, aspiración o reto para la creatividad colectiva, la imaginación, la sensibilidad, la emoción en la mejor construcción del paisaje. El paisaje como algo vivo. El paisaje siempre en función del hombre y no el hombre en función del paisaje como, hasta hace unos años, decía el poeta. El trabajo como motivo para recrear nuevas escenografías que, además de insistir en rehacer los lugares, nos inviten, si es posible, a reflexionar … a reconfigurar la conciencia que tenemos de una realidad enormemente preocupante.

    Y en todo ello, la importancia de la mirada para esa necesaria creatividad colectiva.

    Y es esa mirada de Jose, al abrir su correo y sus imágenes, entre tanto trabajo y obligación, la que de inmediato me atrapa. Imágenes, además, con títulos emocionantes, como “el balcón del cielo”, “los juguetes del mar”, el órgano del aire”, “el pergamino del viento”, que nos ayudan a descifrar esa mirada próxima, que además es inquietud común, aproximación personal, construcción emocional, interpretación sensible, encuentro íntimo, encuadre manipulado, paisaje real, paisaje distorsionado, verdad y mentira, sugerencia y provocación, pausa y reflexión y tantas y tantas cosa más.

    Lo llamo y le digo que me las envíe todas, que las imprima en grande o en pequeño, o en miniatura o como le de la gana. Ahora el que lo ahoga soy yo, pero es Jose quien no puede. Acosado, me ‘despacha’.

    Y me conformo con lo recibido para escribir estas líneas. Realmente sobra la información. Lo asediaba simplemente por apurarlo ‘un poquito’; siendo sincero, simplemente por curiosidad y por el privilegio de conocer toda la obra antes de su exposición.

    Pero me apetece decir algo más. Dudo entre centrarme en una fotografía o en alguna de las series o en todas como propuesta unitaria, pero de nuevo presionado por el tiempo, o por su falta, opto por la solución más sencilla. Elijo ‘los juguetes del mar’.

    Ufffffff. Podríamos desarrollar una tesis doctoral sólo con ésta. Pero ahí no llego. Sólo alguna cosa:

    Deambulo entre la imagen y su título. Que distinto sería si no lo tuviera. Pero en este caso lo tiene y eso nos ayuda. Un juguete es algo siempre en movimiento. Y junto a los niños, que son incansables, nunca paran. Incluso cuando duermen, los niños, esos juguetes, sus juguetes, tirados aquí y allá - usados, desarmados, olvidados, mimados, capaces de asustarnos con algún sonido inesperado, o de saltar por un muelle antes trabado , o de desaparecer, o de explotar como pasa con los globos, o de alegrar en la penumbra con esos colores intensamente vivos ( hablamos del color de la naturaleza, pero a mi me gusta el color de los juguetes ), o de cambiar inesperadamente de forma, o de elevarse, o de encenderse … no dejan de moverse.

    ¿Cómo has hecho, Jose, para engañarnos? ¿Cómo has logrado aparentemente adormecer el mar y aquietar los bidones?

    Eres como un mago de mirada sorprendente que has conseguido paralizar los juguetes naranjas de ese mar de color azul, y sin embargo, hacer que hablemos del movimiento.

    Y esa es la grandeza de estas cosas. Tu arquitectura (los bidones, su forma y tamaño, su color, su colocación, sus proporciones, sus distancias, su tensión, su manipulado reposo, su equilibrio inestable, su espacio acotado...) se funde con ese tu paisaje (el océano, su significado, su magnitud, su falsa calma, su barrera, su libertad, su horizonte, su espacio público …) .Y el paisaje con la arquitectura a través de la sugerencia, de la creatividad, de la distorsión, de la verdad y de la mentira de la buena, del compromiso, del reto, del juego; aproximándonos a esos lugares de la emoción y de los sueños imaginados por los niños, intensos y vivos, llenos, siempre, de juguetes de todos los colores, como los tuyos naranjas, en ese mar intenso de azul complementario.

    Virgilio Gutiérrez